¿Por qué el hombre que nunca llora es, muchas veces, el que más grita?

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Lo que podemos observar desde la psicología, la neurociencia y el contexto social.

No es que no sientan: es que a muchos, nunca les enseñaron a poner esas emociones en palabras. Y lo que no se encuentra en palabras, tarde o temprano, encuentra otra salida.

La escena que todos hemos visto

Es una escena que se repite en consultas, en sobremesas y en conversaciones con amigas: un hombre que ante el conflicto no llora, no dice «esto me duele», no dice «tengo miedo de perderte». En cambio, se cierra, da un portazo, levanta la voz, se va, o explota por algo que en apariencia era pequeño. Después, cuando se le pregunta qué le pasó, muchas veces ni él mismo lo sabe con claridad.

Esto no ocurre porque «sea así» ni porque haya un tipo de hombre predestinado a reaccionar de esta manera. Ocurre porque desde muy temprano, muchos niños reciben un mensaje sostenido, explícito e implícito, de que ciertas emociones, el miedo, la tristeza, la vulnerabilidad, no tienen lugar en su repertorio aceptable. Y un sistema emocional al que no se le permite un canal de salida no deja de sentir: busca otro camino.

Antes de avanzar, un límite honesto: la ciencia puede explicar mecanismos generales, cómo la socialización moldea la expresión emocional, qué ocurre en el cerebro cuando alguien suprime una emoción, qué correlaciona con qué en poblaciones estudiadas. Lo que la ciencia no puede hacer es diagnosticar a una persona concreta, predecir si un hombre en particular será violento, ni servir de excusa para conductas de daño hacia otra persona. Comprender el origen de un patrón y justificarlo son dos cosas distintas, y en este artículo nos quedamos únicamente en la primera.

1. Mirada psicológica: la alexitimia masculina normativa

photo of a woman in a black top crying

El psicólogo Ronald F. Levant propuso en los años noventa un concepto que hoy tiene entidad propia dentro de la psicología de género: la alexitimia masculina normativa (normative male alexithymia). Este es un patrón leve a moderado, extendido estadísticamente entre hombres criados bajo normas tradicionales de masculinidad, que consiste en dificultad para identificar, nombrar y expresar verbalmente las propias emociones. Levant y su equipo desarrollaron y validaron un instrumento específico para medirlo, la Normative Male Alexithymia Scale (NMAS), y encontraron que este patrón se asocia de forma consistente con menor satisfacción relacional, peor calidad de comunicación de pareja y mayor miedo a la intimidad.

En paralelo, el psicólogo James O’Neil desarrolló la teoría del conflicto de rol de género (gender role conflict), que describe el costo psicológico de intentar ajustarse a normas masculinas rígidas. Uno de sus componentes centrales es justamente la «emocionalidad restringida»: la dificultad para expresar sentimientos y para mostrar afecto hacia otros hombres. Dentro de este marco, se han documentado consecuencias asociadas, entre ellas dificultades de intimidad, conflictos de pareja y violencia hacia mujeres y otros hombres.

Este patrón suele manifestarse en formas reconocibles:

  • Externalización del malestar: la tristeza o el miedo no se sienten «legibles» internamente, así que se traducen en irritabilidad o enojo, la única emoción socialmente permitida para muchos hombres.
  • Analfabetismo emocional funcional: no es que falte inteligencia, es que falta vocabulario y práctica; a muchos hombres nunca se les enseñó a distinguir «estoy triste» de «estoy ansioso» de «me siento rechazado».
  • La vulnerabilidad como amenaza de estatus: mostrar una emoción «blanda» se vive, inconscientemente, como una pérdida de posición o de respeto frente a otros.

Las emociones siempre han estado ahí, pero nunca se les dio un idioma para ser dichas, y lo que no se puede decir, muchas veces se actúa.

2. Mirada neurocientífica: lo que sí sabemos (y lo que no

man in a plaid shirt covering his face

Antes de nada, una aclaración necesaria: no existe «el cerebro violento» que se vea claramente en una resonancia, ni un circuito único que «cause» la violencia de pareja. Lo que la neurociencia puede mostrar son procesos generales de regulación emocional, no lecturas de intención ni certificados de peligrosidad individual.

Dicho esto, hay hallazgos consistentes sobre qué ocurre cuando una persona suprime activamente una emoción en lugar de procesarla. Un circuito clave en la regulación emocional conecta la amígdala, que genera la respuesta emocional inicial ante una amenaza o un conflicto, con regiones de la corteza prefrontal, que modulan esa respuesta. Un estudio de neuroimagen de Banks y colaboradores (2007) mostró que la fuerza de esta conectividad entre amígdala y corteza prefrontal predice cuánto logra una persona atenuar su malestar emocional ante un evento negativo.

La supresión expresiva, esconder o inhibir la manifestación externa de una emoción, la estrategia por defecto que muchos hombres aprenden desde niños, no es «no sentir». Una revisión sistemática de estudios de neuroimagen realizada por Sikka, Stenberg, Vorobyev y Gross (2022) encontró que suprimir una emoción aumenta de forma consistente la actividad en regiones prefrontales laterales y parietales asociadas al control cognitivo: literalmente le cuesta esfuerzo y recursos cerebrales al cerebro mantener la emoción «adentro». Los mismos autores señalan que la implicación de la amígdala y la ínsula en este proceso sigue siendo inconsistente entre estudios, es decir: suprimir no apaga la señal emocional de base, solo bloquea su salida visible; su expresión y así el mensaje a comunicar.

A esto se suma otro hallazgo relevante de Gross y John (2003): la supresión emocional habitual, a diferencia de la reevaluación cognitiva (pensar de otra forma sobre lo que se siente), no reduce realmente el malestar interno, y se asocia con peores resultados relacionales. En otras palabras, quien suprime sigue activado por dentro, pero sin un canal verbal disponible para procesarlo ni comunicarlo a su pareja.

Suprimir una emoción no la elimina: le quita el lenguaje, pero no le quita la energía.

Comprender esto explica un mecanismo; no obliga a nadie a tolerar sus consecuencias.


3. Mirada neuropsicosocial: cómo se sostiene el patrón

black and white photo of children on swing outdoors

Este patrón no nace en el vacío: se enseña, se refuerza y se sostiene socialmente desde la infancia. El meta-análisis de Chaplin y Aldao (2013), que revisó estudios sobre expresión emocional infantil, encontró que los niños tienden a expresar más emociones «externalizantes» (como el enojo) mientras que las niñas expresan más emociones «internalizantes» (como la tristeza o la ansiedad), y que esta diferencia se acentúa con la edad y el contexto social. Un estudio anterior de las mismas autoras junto con Zahn-Waxler (Chaplin, Cole y Zahn-Waxler, 2005) mostró un dato aún más directo: los padres responden de manera diferenciada al enojo de niños y niñas, siendo más tolerantes o incluso reforzadores con la expresión de enojo en los varones que con la de otras emociones como el miedo o la tristeza.

El resultado, sostenido durante años de infancia y adolescencia, es un repertorio emocional empobrecido: el enojo queda disponible y entrenado, mientras que el miedo, la tristeza o la necesidad de consuelo quedan sin práctica ni salida legítima. La Asociación Americana de Psicología (APA), en sus Guías para la Práctica Psicológica con Niños y Hombres (2018), documentó cómo la adherencia a ideologías tradicionales de masculinidad, que incluyen evitar cualquier apariencia de debilidad, se asocia con peores resultados de salud mental y relacional para los propios hombres.

Aquí aparece una paradoja contemporánea: en los últimos años, el lenguaje terapéutico se ha popularizado, y expresiones como «tengo alexitimia» o «no fui validado emocionalmente de niño» a veces se usan no para tomar responsabilidad y buscar ayuda, sino para justificar el daño causado a otra persona. Investigaciones sobre intervención en violencia de pareja muestran que la alexitimia, cuando no se aborda directamente en las primeras fases del tratamiento, predice mayor abandono terapéutico y mayor riesgo de reincidencia en hombres derivados por violencia (estudios recogidos en la literatura sobre programas de intervención con perpetradores de IPV). Comprender el origen social del patrón no es lo mismo que aceptar que ese origen exima de responsabilidad sobre el presente.

Un niño al que nunca se le permitió llorar no eligió ese silencio: pero de adulto, sí puede elegir romperlo.

Señales observables

Señales de un funcionamiento emocional sano

  • Nombra lo que siente con palabras específicas («me sentí ignorado», «tengo miedo de que te vayas»), no solo con acción o silencio.
  • Pide tiempo, no desaparece: puede decir «necesito procesar esto» y volver, en vez de cortar la comunicación de forma abrupta.
  • Tolera la vulnerabilidad ajena y propia sin necesidad de minimizarla, burlarse de ella o resolverla de inmediato.
  • Repara activamente después de un conflicto, sin esperar que el otro dé el primer paso siempre.

Señales de alerta: patrón de restricción emocional que escala

  • El enojo es la única emoción visible, incluso ante situaciones que objetivamente generarían tristeza, miedo o vergüenza.
  • El silencio se usa como castigo, no como pausa: se corta comunicación para generar ansiedad en el otro.
  • El conflicto se resuelve con intensidad física o verbal (gritos, golpes a objetos, invasión del espacio) en lugar de con palabras.
  • La vulnerabilidad ajena se percibe como manipulación o debilidad, y se responde con desprecio en vez de con acompañamiento.

Cómo evaluarlo

  • Observa patrones repetidos en el tiempo, no un episodio aislado: todos podemos tener un mal día.
  • Presta atención a cómo se comporta bajo estrés relacional, no solo cómo se presenta en calma.
  • Fíjate en si existe capacidad de reparación real (reconocer, no solo pedir perdón de forma automática) después de un episodio de tensión.
  • Pregúntate: ¿Esta persona, cuando algo le duele, tiene alguna forma de decírmelo que no pase por el enojo o el silencio?

Cierre

La pregunta que solemos hacernos «¿por qué reacciona así?» tiende a quedarse en el episodio: el portazo, el grito, el silencio de tres días. Pero la pregunta más útil es otra: ¿qué canal emocional le falta a esta persona, y qué está dispuesta a construir para dejar de necesitar la violencia como idioma?

Te leo

Si esto te hizo pensar en alguien, o en ti mismo, me encantaría leerte en los comentarios: ¿reconoces este patrón en tu historia, en tu pareja, en tu familia? Guarda este artículo si crees que puede ayudarte a mirar con más claridad, no para juzgar, sino para entender qué se puede construir distinto.

Un abrazo. Syl


Si sientes que este patrón está presente en tu vida o en tu relación y te gustaría trabajarlo con acompañamiento profesional, puedes conocer más sobre mis Programas.


Fuentes

  • Levant, R. F., Good, G. E., Cook, S., O’Neil, J., Smalley, K. B., Owen, K., & Richmond, K. (2006). Validation of the Normative Male Alexithymia Scale: Measurement of a gender-linked syndrome. Psychology of Men & Masculinity, 7(4), 212–224.
  • Levant, R. F., & Parent, M. C. (2019). The development and evaluation of a brief form of the Normative Male Alexithymia Scale (NMAS-BF). Journal of Counseling Psychology, 66(2), 224–233. https://doi.org/10.1037/cou0000312
  • Karakis, E. N., & Levant, R. F. (2012). Is normative male alexithymia associated with relationship satisfaction, fear of intimacy and communication quality among men in relationships? Journal of Men’s Studies.
  • Levant, R. F. (2011). The Tough Standard: The Hard Truths About Masculinity and Violence. Oxford University Press.
  • O’Neil, J. M. (2008). Summarizing 25 years of research on men’s gender role conflict using the Gender Role Conflict Scale: New research paradigms and clinical implications. The Counseling Psychologist, 36(3), 358–445.
  • American Psychological Association. (2018). APA Guidelines for Psychological Practice with Boys and Men. https://www.apa.org/about/policy/boys-men-practice-guidelines.pdf
  • Banks, S. J., Eddy, K. T., Angstadt, M., Nathan, P. J., & Phan, K. L. (2007). Amygdala–frontal connectivity during emotion regulation. Social Cognitive and Affective Neuroscience, 2(4), 303–312.
  • Sikka, P., Stenberg, J., Vorobyev, V., & Gross, J. J. (2022). The neural bases of expressive suppression: A systematic review of functional neuroimaging studies. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 138, 104708. https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2022.104708
  • Gross, J. J., & John, O. P. (2003). Individual differences in two emotion regulation processes: Implications for affect, relationships, and well-being. Journal of Personality and Social Psychology, 85(2), 348–362.
  • Chaplin, T. M., & Aldao, A. (2013). Gender differences in emotion expression in children: A meta-analytic review. Psychological Bulletin, 139(4), 735–765. https://doi.org/10.1037/a0030737
  • Chaplin, T. M., Cole, P. M., & Zahn-Waxler, C. (2005). Parental socialization of emotion expression: Gender differences and relations to child adjustment. Emotion, 5(1), 80–88. https://doi.org/10.1037/1528-3542.5.1.80
  • Bushman, B. J. (2002). Does venting anger feed or extinguish the flame? Catharsis, rumination, distraction, anger, and aggressive responding. Personality and Social Psychology Bulletin, 28(6), 724–731. https://doi.org/10.1177/0146167202289002
  • Bandura, A. (1973). Aggression: A Social Learning Theory Analysis. Prentice-Hall.

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