Por Syl Rivera | Psicología, neurociencia y relaciones humanas

Lo que podemos observar desde la psicología, la neurociencia y el contexto social.
Casi todos tenemos una historia dentro de la familia que duele. Alguna traición, algún abandono, algo que nos dejó una herida difícil de procesar y que de alguna forma sigue viva. Está en los silencios incómodos de las reuniones, en la exclusión que sigue a los errores o a las malas decisiones, en la culpa de cada quien. ¿Será que todo eso, en algún momento, trasciende más allá de nuestra generación?
Piensa en tu familia. Abres la reunión familiar y ahí está todo. Los tíos que no se hablan. La tía que defiende al padre maltratador que falleció con la misma frase de siempre. El primo que grita igual que gritaba el abuelo, aunque jura que nunca sería como él. Y tú, mirando, con una pregunta que te quema: si todos vivimos lo mismo, ¿por qué no podemos cuidarnos?
Muchas familias cargan con una historia así: un padre ausente o violento, hijos repartidos entre distintas parejas, una versión oficial que nadie se atreve a corregir. Y casi siempre aparece la misma idea, dicha en voz baja o a gritos: «esto viene de atrás, no tiene arreglo».
Sabemos que el dolor puede pasar de una generación a la siguiente. Lo que la ciencia todavía no ha demostrado es que viaje, intacto y sin remedio, de generación en generación. Esa diferencia no es un detalle técnico: es el espacio donde tú decides.
La investigación sí puede mostrar cómo el daño pasa de padres a hijos y por qué algunas personas defienden a quien las lastimó. Pero no puede predecir qué te va a pasar a ti, ni diagnosticar a tu familia, ni tampoco puede decirte que tu dolor está «en los genes».
1. Mirada psicológica: lo que se aprende sin que nadie lo enseñe

Empecemos por lo que sí está bien documentado: que el dolor pasa de una generación a la siguiente. En 2018, un equipo liderado por Mark Assink juntó 84 estudios (285 resultados en total) y encontró esto: las personas que sufrieron maltrato en la infancia tenían casi tres veces más probabilidades de que su propia crianza incluyera maltrato. Pero fíjate en la letra chica: los propios autores advierten que hay sesgos, y que los estudios de mejor calidad mostraron efectos más pequeños. O sea, hay es riesgo, no es determinante.
¿Cómo pasa? La investigación sobre maltrato apunta sobre todo a lo que ocurre dentro de la casa: el estilo de crianza, el apego que se forma y cómo funciona la familia en conjunto. No hace falta un gen para explicarlo: la vida diaria alcanza.
Ahora, la pregunta incómoda: ¿por qué algunos hijos veneran a quien los dañó?
La psicóloga Jennifer Freyd propuso una explicación en 1996. La llamó teoría del trauma por traición. La idea es simple. Cuando quien te daña es la misma persona de la que dependes para vivir, enfrentarlo o alejarte de él pone en riesgo tu supervivencia. Entonces tu mente puede hacer una de estas tres cosas: no ver, minimizar o idealizar. Freyd lo llamó «ceguera ante la traición». Es una teoría con apoyo empírico y también con críticos, sobre todo en lo que dice sobre la memoria.
Y aquí viene un dato que a mí me parece clave. En un estudio con 58 madres y sus bebés (Bernstein y cols., 2013), las investigadoras buscaron una forma de detectar la idealización de los propios padres: la combinación de haber vivido un trauma grave en la infancia y, a la vez, recordar a los padres como muy cuidadores. ¿El resultado? Esa combinación fue el único predictor significativo de apego evitativo en el bebé a los 18 meses. (El apego evitativo es cuando el bebé evita el contacto: busca menos abrazo y menos consuelo.) Muestra pequeña, un solo estudio, pero apunta a algo importante: idealizar al que dañó no es inocuo para la generación que viene.
Una lectura posible, solo posible: el hijo adulto que defiende al padre abusador fallecido puede estar protegiendo la última versión de la historia en la que todavía se siente a salvo, esa es una idea mía, y creo merece profundizarse.
- Se aprende: lo que viste en casa se vuelve «lo normal».
- Se defiende: ver el daño completo puede sentirse más peligroso que no verlo.
- Se calla: lo que no se nombra se repite sin que lo notemos.
Venerar a quien te dañó no siempre es amor ciego: a veces es la forma en que un niño aprendió a quedarse a salvo.
Hasta aquí, la psicología te explica el cómo: se aprende, se defiende, se calla. Pero queda una pregunta flotando, y es más honda: si esto se repite tanto, ¿el cuerpo también guarda memoria? Para responderla hay que cruzar a la neurociencia. Y conviene entrar con los pies en la tierra, porque este es el terreno donde más se exagera.
2. Mirada neurocientífica: lo que el cuerpo registra, y lo que nadie ha podido demostrar

¿Has escuchado hablar de la epigenética?, esa idea de que el trauma queda «escrito en los genes»? Vamos con cuidado, porque acá es donde más se exagera.
La metilación es una marca química pequeñita que se pone sobre el ADN y que puede subir o bajar la actividad de un gen. En animales hay señales interesantes: Dias y Ressler (2014) enseñaron a ratones a temer un olor. Después vieron que sus hijos y nietos eran más sensibles a ese mismo olor, con cambios en la metilación del esperma. ¿Qué muestra? Que el estrés extremo puede dejar huellas biológicas en la siguiente generación. ¿Qué NO muestra? Que el trauma «se herede en los genes»: es un ratón, con un estímulo muy específico, en laboratorio. No es una familia.
En humanos, la evidencia biológica más allá de los hijos es muy escasa. Bernhard Horsthemke (2018) explica por qué: es casi imposible separar lo epigenético de la genética, del ambiente y de la cultura compartida. Un mapa de evidencia del programa de toxicología de EE. UU. (Walker y cols., 2018) llegó a lo mismo: hay muy pocos estudios en humanos con suficientes generaciones. Y una revisión del área (Bowers y Yehuda, 2016) agrega algo importante: cuando el estrés de los padres aparece en los hijos, puede explicarse por genética, por aprendizaje, por lo que pasó durante el embarazo o por la crianza temprana. Los estudios todavía no distinguen entre esas opciones.
Ahora, la pregunta que nos importa: ¿pasa generación tras generación? En humanos, los estudios que siguen tres generaciones de crianza y maltrato son pocos. Hay uno con 168 personas de tres generaciones (Badenes-Ribera y cols., 2020) que muestra continuidad de la primera a la segunda generación y de la segunda a la tercera. Pero es pequeño, retrospectivo (la gente recuerda el pasado en vez de medirlo en el momento) y de un solo momento. Y los investigadores del área reconocen que el campo necesita estudios prospectivos de tres generaciones: seguir a familias en el tiempo, en vez de preguntarles después (Howland y Glynn, 2024).
La ciencia mostró que el dolor puede pasar a la siguiente generación. Pero no ha demostrado que tenga que repetirse en la generación que sigue.
¿Ves hacia dónde va esto? Si el cuerpo no sella el destino, entonces la pregunta cambia de forma: ¿qué sostiene el patrón, si no es la biología? Lo sostiene algo colectivo. Un sistema con reglas propias, que premia el silencio y castiga al que habla. Ese sistema tiene nombre: familia.
3. Mirada social: la familia como sistema que se protege

Hay un estudio de 2018 (Delker y cols.) que le pone nombre a algo que muchas personas viven sin poder describirlo: la traición familiar. ¿Qué es? Las cosas que la familia hace, o deja de hacer, que permiten el abuso o lo empeoran: no intervenir, negar, culpar a quien habla, decir que «así es la vida».
Con 173 universitarios en un primer estudio y 361 en un segundo, encontraron que alrededor del 72 % de quienes habían sufrido abuso por alguien muy cercano reportó también traición familiar. Esa traición era unas cuatro veces más probable que ante un trauma no interpersonal, y predecía más síntomas de estrés postraumático y de disociación, incluso por encima del abuso en sí. Fue una muestra universitaria, en su mayoría mujeres, y de datos retrospectivos de un solo momento así que es una asociación, no una causa.
¿Por qué una familia protegería al agresor?
Porque quienes miran también dependen de él, o de la imagen de «familia unida». Callar mantiene la cohesión, aunque el costo lo pague alguien.
¿Y entre hermanos? Aquí la intuición suele fallar. En un estudio de Finlandia (Tanskanen y cols., 2016; 2.015 personas de la generación mayor y 1.565 de la joven), en la generación más joven los hermanos completos reportaban más conflicto que los medios hermanos. Los autores lo explican por competencia por los recursos de los padres. Lo sé, es otro país, otro tipo de familia y conflicto autoinformado, así que no explica la tuya, solo muestra que la sangre no garantiza alianza.
Una lectura posible es que cuando lo que escasea es la atención, el reconocimiento o quién cuenta la historia, el hermano que vivió lo mismo puede volverse rival o espejo incómodo.
En muchas familias pesa el «de los muertos no se habla mal» y el «la familia es lo primero». Y aquí está la paradoja de hoy: hablamos mucho de sanar, pero la lealtad familiar sigue cobrando silencio.
Un patrón familiar no se sostiene solo por lo que pasó, sino por lo que nadie se permite decir.
Señales observables
Basadas en lo que haces, no en lo que dices o piensas.
Más hacia lo sano
- Nombras el daño y reconoces lo humano de la persona, sin que una cosa borre la otra.
- Hablas de la historia familiar sin que termine en gritos o en semanas de silencio.
- Pones límites sin necesitar que todos estén de acuerdo.
- Cuidas a quienes quieres sin demostrarle algo a quien ya no está.
Más hacia la alerta
- Repites frases o gestos de quien te dañó con tus hijos, pareja o hermanos, y lo notas después.
- Defiendes lo indefendible y atacas a quien lo nombra.
- Reacciones desproporcionadas que no sabes de dónde vienen.
- Roles fijos en la familia (la que salva, el que fracasa, la que no se menciona).
- Desconexión: te quedas en blanco o en piloto automático cuando se toca el tema.
Cómo evaluarlo sin diagnosticar
- Autoobservación (una semana): cuando algo te desborde, anota qué pasó, qué hiciste y qué te habría gustado hacer. Pregúntate: ¿esto se parece a lo que vi en casa?
- Distingue explicar de justificar. Entender de dónde viene una conducta no es aprobarla, ni en otros ni en ti.
- Mira qué protege. En un estudio de tres generaciones con 290 adolescentes seguidos hasta la adultez (Schofield y cols., 2017), la dureza que recibieron de sus padres pesaba menos en cómo trataban a sus propios hijos cuando tenían buen autocontrol y una pareja que se comunicaba bien con ellos y con el niño. Es un solo estudio, pero señala lugares concretos donde se puede intervenir.
- Hay gente que lo corta. En Queensland, Australia (McKenzie y cols., 2024; 2.906 personas), quienes cortaron el ciclo y quienes lo mantuvieron tenían historias infantiles distintas, con patrones diferentes por sexo. Y en un estudio cualitativo con 23 madres que sufrieron abuso sexual infantil (12 con continuidad, 11 con discontinuidad; Marshall y cols., 2025), varias hablaban de intentar ser para sus hijas la madre que ellas no tuvieron. Son estudios descriptivos: no dicen cómo se corta, pero muestran que ocurre.
- Comprender no implica reabrir el vínculo. Puedes entender a alguien de tu familia y mantener distancia. Las dos cosas pueden ser verdad.
- Cuándo consultar a un profesional: si repites patrones que te asustan, si escenas del pasado te invaden, si hay tristeza o ansiedad que no cede, o si tu familia vive hoy algún tipo de violencia. Buscar terapia con foco en trauma y apego puede ser una de gran ayuda.
- Si hay riesgo de hacerte daño o de que alguien te lo haga (Chile): línea de prevención del suicidio *4141 (24 h, gratuita desde celulares), Salud Responde 600 360 7777 (opción 2, salud mental) y, por violencia contra la mujer, 1455. En una emergencia, 133 (Carabineros).
Reflexión.
Tal vez la pregunta no sea «¿por qué mi familia es así?», porque esa pregunta te deja mirando hacia atrás. Una más útil es: ¿qué parte de esta historia me toca decidir a mí?
Porque esto es lo que sabemos hoy: el dolor puede pasar a la siguiente generación, sí. Pero que se repita una y otra vez, sin remedio, es algo que nadie ha demostrado. Y en esa distancia, en ese tramo que la ciencia todavía no cierra, cabe tu decisión.
Lo que heredaste explica tu punto de partida. No firma tu destino.
Para conversarlo
Si quieres, cuéntame en los comentarios qué te hizo sentido de este tema y por supuesto, lo hablaremos en el contenido de esta semana.
Como siempre, espero te sirva.
Un abrazo.
Syl
Fuentes:
- Assink, M., Spruit, A., Schuts, M., Lindauer, R., van der Put, C. E., & Stams, G. J. J. M. (2018). The intergenerational transmission of child maltreatment: A three-level meta-analysis. Child Abuse & Neglect, 84, 131–145. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2018.07.037
- Badenes-Ribera, L., Fabris, M. A., Prino, L. E., Gastaldi, F. G. M., & Longobardi, C. (2020). Physical, emotional, and sexual victimization across three generations: A cross-sectional study. Journal of Child & Adolescent Trauma, 13(4), 409–417. https://doi.org/10.1007/s40653-019-00273-1
- Bernstein, R. E., Laurent, H. K., Musser, E. D., Measelle, J. R., & Ablow, J. C. (2013). In an idealized world: Can discrepancies across self-reported parental care and high betrayal trauma during childhood predict infant attachment avoidance in the next generation? Journal of Trauma & Dissociation, 14(5), 529–545. https://doi.org/10.1080/15299732.2013.773476
- Bowers, M. E., & Yehuda, R. (2016). Intergenerational transmission of stress in humans. Neuropsychopharmacology, 41(1), 232–244. https://doi.org/10.1038/npp.2015.247
- Delker, B. C., Smith, C. P., Rosenthal, M. N., Bernstein, R. E., & Freyd, J. J. (2018). When home is where the harm is: Family betrayal and posttraumatic outcomes in young adulthood. Journal of Aggression, Maltreatment & Trauma, 27(7), 720–743. https://doi.org/10.1080/10926771.2017.1382639
- Dias, B. G., & Ressler, K. J. (2014). Parental olfactory experience influences behavior and neural structure in subsequent generations. Nature Neuroscience, 17(1), 89–96. https://doi.org/10.1038/nn.3594
- Freyd, J. J. (1996). Betrayal trauma: The logic of forgetting childhood abuse. Harvard University Press. (Libro; sin DOI.)
- Horsthemke, B. (2018). A critical view on transgenerational epigenetic inheritance in humans. Nature Communications, 9, 2973. https://doi.org/10.1038/s41467-018-05445-5
- Howland, M. A., & Glynn, L. M. (2024). The future of intergenerational transmission research: A prospective, three-generation approach. Development and Psychopathology, 36(5), 2294–2304. https://doi.org/10.1017/S0954579424000622
- Marshall, C., Fernet, M., Brassard, A., & Langevin, R. (2025). «I was trying to be the mother to her that I didn’t have»: Mothers’ experiences of child sexual abuse and intergenerational maltreatment. Violence Against Women, 31(2), 664–692. https://doi.org/10.1177/10778012231216712
- McKenzie, E. F., Thompson, C. M., Hurren, E., Tzoumakis, S., & Stewart, A. (2024). Intergenerational (dis)continuity of child maltreatment: Variation by parents’ childhood victimization experiences and sex. Child Maltreatment, 29(1), 24–36. https://doi.org/10.1177/10775595221138551
- Schofield, T. J., Conger, R. D., & Conger, K. J. (2017). Disrupting intergenerational continuity in harsh parenting: Self-control and a supportive partner. Development and Psychopathology, 29(4), 1279–1287. https://doi.org/10.1017/S0954579416001309
- Tanskanen, A. O., David-Barrett, T., Danielsbacka, M., Jokela, M., & Rotkirch, A. (2016). Diluted competition? Conflicts between full- and half-siblings in two adult generations. Frontiers in Sociology, 1, 6. https://doi.org/10.3389/fsoc.2016.00006
- Walker, V. R., et al. (2018). Human and animal evidence of potential transgenerational inheritance of health effects: An evidence map and state-of-the-science evaluation. Environment International. https://doi.org/10.1016/j.envint.2017.12.032
Líneas de ayuda (Chile): Ministerio de Salud, https://www.minsal.cl/linea-de-atencion-4141-no-estas-solo-no-estas-sola/

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